Mientras miraba el cuadro de su desconocida
Anclada a las murallas de cemento gris
Cigarro en boca, labios torcidos, mirada pérfida
Aleteo de sus cabellos, relucientes como neón
Bailaba el viento a sus alrededores, la brisa
Torpedeaba una canción, solitaria y bohemia
El calor del ambiente, el frío ruido de los pasos
Y aquella mirada calculadora y profunda
Que no se despegaba, de su objetivo rampante
Soñaba con oler aquella calva, rapiña gentuza
Lloraban sus cabellos por la angustia
Lloraban aquellos pétalos perfumados de placer
Su soledad era incomparable...
Su suave voz, sus acomplejados tonos,
Su estruendosa mirada lacerante
El hombre quedó impávido, gravitando a su alrededor
Se alcanzaba a ver el goteo de sus lágrimas
Resonando por toda la calle, por todo el barrio
Hasta los cielos lloraron.
La ciudad se oscureció de sueño
Los vendavales aullaban, más no conseguían
Ahuyentar la calma de la habitación desordenada
El falso olor de perfume barato
Las cortinas de mala calidad
Las sábanas faltas de baño
Y la pareja, sola, inmersa en aquel mundo radiante
Una luz blanca cambiaba el tono de los sonidos
Y de su boca, húmeda como el barrio mismo
De aquella desprendían los gemidos de cansancio
De aquel cansancio benigno, el de los guerreros
Al regresar, de la candente batalla.
Los olvidos son claros, precisos. Son sosegados...
Caen en la nada, como las cenizas
De aquel cigarro inmortal, de aquellos cabellos
De aquellas alas, de aquella boca y de esa mirada.
Ni los suaves pechos, ávidos de melancolías,
Ni la dulce cadera blanquecina con olor a pétalos
Nisiquiera, aquellos ojos que esconden universos enteros
Son suficientes
Para evitarlo
El olvido...